En política, la improvisación se paga. Y esta semana, el alcalde de Corregidora, Josué “Chepe” Guerrero, lo comprobó.
Lo que inició como una declaración en defensa de la alcaldesa de Peñamiller —y un señalamiento contra el diputado federal Gilberto Herrera por “oportunismo político”— escaló rápidamente a un reto público de debate. Un movimiento que, en apariencia, buscaba proyectar firmeza, terminó abriendo un flanco innecesario.
Chepe lanzó el desafío sin fecha, sin formato y sin reglas claras. Herrera respondió de inmediato: lugar, hora y plataforma definidos. La narrativa cambió en cuestión de horas. El alcalde, alegando agenda oficial en Ciudad de México, propuso nueva fecha, nuevo espacio y nuevo formato. Para entonces, el daño comunicacional ya estaba hecho.
En política, la forma es fondo. Y un debate no es un intercambio en redes ni una extensión del discurso partidista. Requiere condiciones pactadas, sede neutral y reglas claras. Más aún cuando el calendario electoral comienza a asomarse en el horizonte. Lo que parecía una apuesta para exhibir al adversario terminó convirtiéndose en una oportunidad para que el rival se victimizara y capitalizara el momento.
Las reacciones no tardaron: actores de Morena lo calificaron de “cobarde”; voces periodísticas señalaron un error de cálculo; figuras polémicas aprovecharon para lanzar ataques personales que nada abonan al debate público. El terreno se desvió de los argumentos hacia la narrativa.
Y ese es el verdadero riesgo político: perder el control del encuadre.
Si la intención era defender a una compañera de partido y marcar postura frente a un conflicto municipal, el tema central quedó diluido entre fechas, foros y acusaciones cruzadas. La agenda dejó de ser Peñamiller para convertirse en un pleito sobre quién aceptó primero y en qué condiciones.
En tiempos donde la comunicación política es inmediata y amplificada, cada palabra abre escenarios. Retar es sencillo; sostener el reto con estrategia es lo complejo.
Chepe Guerrero aún puede reconducir la conversación hacia propuestas y resultados. Pero la lección es clara: en la arena pública, no basta con tener la razón —hay que saber administrar el momento.
Porque en política, quien subestima la narrativa, termina gobernado por ella. Lo mejor para Chepe es acudir a la cita y demostrar de lo que está hecho, si no pagará las consecuencias de un acto pensado con el hígado.



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